Relatos ganadores de «La Malvaloca»

Año 2018

Autora: Yolanda Ruiz Argüeso
Título: «En la Marquesina»

Durante los ensayos previos al estreno del espectáculo sufrí un percance cayéndome de bruces y desfigurándome el rostro.
Afortunadamente no me había roto nada y con maquillaje podía disimularlo. Para resarcirme del incidente decidí darme un capricho comprándome unos zapatos de charol violetas que estrené en el acto.
Me senté en la marquesina junto a una anciana y una niña, que imaginé su nieta. La pequeña contempló mis zapatos. Parecieron gustarle tanto como a mí.
Sus ojos curiosos se abrieron como crisálidas al verme la cara.
Cuchicheó en el oído de su abuela que me dijo: «Pasaron ya los tiempos viles en que las vidas de las mujeres, encerradas en valles ciegos, estaban sometidas a la furia ruin, la vergüenza y el silencio. Hay que denunciar las agresiones porque no es no».
La niña asintió con aprobación. Aquel equívoco me llevó a comprobar que tres generaciones teníamos la misma convicción. El charol violeta resplandeció en la marquesina.

Año 2017

Autora: Enestina Tatti Araujo
Título: «Receta de amor»

Mi abuela fue y, probablemente, será una de las mujeres más importantes de mi vida. Supongo que en eso se convierten las personas que nos marcan tanto. Antes de irse a dondequiera que se vaya después de la vida, consciente de que su hora llegaba, me entregó un papel en el que había anotado una receta. Ella era una excelente cocinera, cosa que no ni he sido, ni seré. Aun así insistió en entregarme «la receta del amor». Me explicó que la guardara para cuando el amor pateara a mi puerta y que no olvidase ni uno solo de los ingredientes, ni cantidades de aquella lista.

«Receta del amor:
1. Hectáreas de libertad
2. Todos los libros que caben en el mar de respeto
3. Toneladas infinitas de cariño.
Porque el amor se basa en el respeto, se mantiene con cariño y te hace libre. No lo olvides.»

Año 2016

Autora: Ana Belén Martínez.
Título: «Demasiadas cuentas»

Durante el forcejeo fueron tantas las cuentas del collar que cayeron al suelo, que ella tuvo tiempo de reflexionar mientras se arrodillaba y las recogía.
Las veía pasar desde una mano a la otra. Con una las rescataba de los rincones y la otra hacía las veces de cuenco. No quería levantar la cabeza. Sabía que tenía una tregua que solo duraría esos breves instantes. Y sabía lo que vendría después. Con cada cuenta un pensamiento. A ella nadie la iba a rescatar. Éste fue el primero. Una seguridad firme y completa lo llenó todo de repente. A ella nadie la iba a rescatar. Se repitió. Nadie le iba a dar un cuenco donde refugiarse ni la sacaría de esas esquinas de angustia. Tras este pensamiento, como en un lucha convulsa, comenzaron a agolparse todos los demás. De pronto, de manera súbita, igual que una cascada incontenible, a la vez que sus latidos se aceleraban sin control: la primera falta de respeto que no debió de soportar, la perplejidad ante lo inesperado, el miedo en un alma que se vaciaba cada día, la tristeza que se había instalado en todos los recodos, la inseguridad en cada gesto y, sobre todo, la opresión. Ésa que venía desde fuera y la que le había nacido en el pecho. Y que nunca se iba. Cerró los ojos. Respiró con ansia. Un segundo más para encontrar el valor.
Cuando se incorporó le miró por ultima vez. Cuenta por cuenta.